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ANTONIO BERNI- OBRAS


Fines de los años ’50. Hace ya veinte años que Antonio Berni regresó a la Argentina luego de su formación en Europa, donde se dedicó a absorber las tradiciones estéticas surrealistas y dadaístas. Su regreso al país durante la denominada Década Infame en los ‘30 encontró a un artista comprometido que no podía hacer oídos sordos a la pobreza, el hambre, las huelgas y las injusticias y que lo llevaron a volcarse al realismo para plasmar el entorno que lo rodeaba. Así, surgieron “Desocupados”, “Manifestación” y “Chacareros”, cuadros dignos de recordarse a lo largo de su trayectoria.
Pero el temple y la arpillera no fueron suficientes para Berni. La pintura era demasiado simple para plasmar una realidad tan compleja como podría ser la de un niño proveniente de un barrio periférico de Buenos Aires, o por qué no, de cualquier otra capital latinoamericana. El rosarino decidió entonces implementar otros materiales para alcanzar una mayor “intensidad expresiva” que pudiera personalizar así a los infantes de los barrios aledaños de inmigrantes. Recorrió baldíos, observó, tomó apuntes y recolectó cajones de madera, latas, plásticos, cartones y residuos industriales, que formaban parte del entorno cotidiano de aquellos individuos que buscaba representar. Así fue como en 1959 nació Juanito Laguna, “un chico pobre pero no un pobre chico”, hijo de un peón de la industria metalúrgica del barrio de Flores. Un personaje que encarna una marginalidad abusiva, pero que sin embargo, lejos de verse abatido por las circunstancias, está lleno de de vida e intuye con optimismo un futuro brillante bajo la sombra de su barrilete amarillo y rojo, a las orillas de un riachuelo de brea.
Con Juanito, Berni creó obras bidimensionales en las que ensambló, pegó, martilló y demostró la destreza manual de un verdadero artesano, que le valió en 1962 el Gran Premio de Grabado y Dibujo en la Bienal de Venecia, donde el personaje adquirió mayor relevancia a nivel internacional. Por esa época, desde París, nace en el barrio de Pompeya como salida de una letra de tango, Ramona Montiel. Adquiere forma a partir de encajes, lentejuelas, bordados y accesorios de los mercados de pulgas franceses que ofrecieron el material para un mundo de lujos y tentaciones, que sedujeron a la joven costurera de familia católica a través de la pantalla de la televisión. Atraída por la vida nocturna de la ciudad, Ramona comenzó a trabajar como bailarina.
Pero a lo largo de sus obras, Berni demuestra que el esplendor es momentáneo y no tarda en desvanecerse tras las sedas y el oropel. Símbolo de la insatisfacción y las presiones de la sociedad de consumo, Ramona se ve encerrada en sus propios temores y contradicciones que adquieren su máxima expresión en la soledad de sus pesadillas con “los monstruos”, esculturas “polimatéricas”, confeccionadas con residuos y materiales reciclados, cuya estética surge de las influencias de la historia el arte y de la cultura popular latinoamericana.